Saltar al contenido
martes 11 de agosto, 2026 09:33:48
Estilo De Vida

¿Por qué el chilango promedio le quita horas al sueño solo para llegar al trabajo?

El habitante promedio de la ZMVM pierde más de una hora diaria solo en llegar al trabajo. Ese tiempo no se resta del ocio: se resta del sueño. ¿Hasta cuándo?

/3 min
Signature: WQDU1OKcbuVOY0NugFi66WQpiibjt5pT6JWhUwfhLbTz7ZxsBJd6WIBvSFTn+UwYRMwsKoziyLrzLV5h6tG7CQkx9Dj8aYABnmu6oCfWy4Za0a6JHXKOgZ4OtKezXT5oxjoLv2YOmYrpKhZndtR+CulAkQxyqzqXpzqRyb/uli8HExJryy0XDmHf1TYvxlg9nC+sN9gosgB0FGQzBQX27j9Xos7iOLRTMMXkkGV/BaaAfMYZjEZmiNZF0RuKfTEqCS/yx8QYOs2UuKicCJo+OJVrrzTb4cUBq+nopZzxy/LFIeF1o+2m0yJtLkpSvO94os/QJFkWgO/j1a96C0xiwZvGkIAMWurM/qS4tP6jXv1fmXtwGpMZ4/4CyHIml2FsIydc0tZUc4gkmVDvAFdxGk1ATBa0dvi5+B9d3SzHw2U2uMrgK6Yh4iMm4aGPcZOhaKnYSyq/RJ411FQcldaelFoo45khw+fxDJVGzAEtnDDIfQzdKGBcJdFwq48kPFn/0GObyva4EF5tV9pkyTNQg2XlHG6yhsbwUUFwyO9nRmyLNBRaNsX5WvuIkKC2isabPUgKcVqCbhyDsn3raR0+lEXlQJ4fayjB5J+JhlFJ87TdOdefOVVyqovfS1hbuUOvcET1PtyUtiUvBtrebA0P7XGmjJHrCkyXU6QrXbcZdZREELKBiNjnNf3xOisVb7mH+kJuVafEd75+ft6oV95Q/SNuYShcQZICYOGqGMj03hcDCCX42IUcYb/pq2os5Ie57PtYogw5J7boXc0NJKcfp9pWgNyBC1xfJpmng5IGWmoKSTaPAJgFOB0Ib0tpTxVh2nqLSZpb7+0nRVg9pZsPlzThmu+f2W/8K6NOu5P1DsILRksCJ0M/K5gj+o+kC8WPgwd1pWagE5FldOWiMdM2HOgT3HcNGoFeX8RoZ0X/Sm4EPAbko7ATf0orgKpjye6QJCIq8+BJq/rvuqDC603mbxpmrYc9jzaFAjHWXzZDJro=

El trayecto promedio de ida al trabajo en la Zona Metropolitana del Valle de México supera los 60 minutos. En municipios conurbados del Estado de México —Ecatepec, Chalco, Nezahualcóyotl— el recorrido de ida y vuelta frecuentemente rebasa las dos horas. Quien debe estar en la oficina a las nueve y vive en la periferia sale de casa antes de las siete. Para lograrlo, el despertador suena a las cinco y media.

El cuerpo no negocia. La hora de levantarse se adelanta, pero la hora de dormir no se mueve igual. El regreso también consume dos horas y lo que queda de noche es el único tiempo propio del día. Nadie entrega voluntariamente ese resto.

El resultado es una deuda crónica de sueño que se acumula de lunes a viernes y se intenta pagar el fin de semana. La ciencia del sueño es clara: dormir doce horas el sábado no repone las horas perdidas durante la semana. La deuda se arrastra.

Los efectos documentados van más allá del cansancio. Hay deterioro de la memoria de trabajo, aumento de marcadores inflamatorios, mayor riesgo cardiovascular y una caída medible en la capacidad de regular emociones. Esto último explica buena parte de la irritabilidad que se siente en el Metro a las siete de la mañana.

La ciudad no produce insomnes por gusto. Produce personas a las que la distancia les quita el sueño de manera literal. Un contorno lejano puede significar 122 minutos de traslado hacia el centro. Ese tiempo no aparece en la nómina, pero sí en el cuerpo.

¿Cuántas horas de tu vida se van solo en el camino? La pregunta no es retórica. Cada día que el trayecto se alarga, el margen para dormir, comer con calma o simplemente estar se reduce.

A diferencia del ruido o del estrés diario, esta causa tiene solución de política pública. Vivienda cercana al empleo, transporte más rápido y horarios escalonados no requieren que el chilango cambie de personalidad. Requieren decisiones que acerquen el trabajo a la casa o que acorten el camino entre ambas.

Mientras esas decisiones no lleguen, la aritmética sigue siendo la misma: quien vive lejos entrega horas de sueño para conservar el empleo. Y el cuerpo, tarde o temprano, pasa la factura.

La próxima vez que alguien se queje del mal humor matutino en la ciudad, la pregunta útil no es “¿qué le pasa a la gente?”. Es “¿cuánto tiempo le costó llegar hasta aquí?”.

Compartir
+

Sigue la ruta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Boletín diario · 7:00 a.m.

Lo que pasó, en cinco notas

Recibe cada mañana el resumen del día anterior y la agenda de lo que viene. Sin relleno.